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La chica que quemó su tanga frente al mar


La chica que quemó su tanga frente al mar.




Hacía exactamente diez años que no visitaba la ciudad, y jamás lo habría hecho si no hubiese sido por el funeral de su padre. Llegó puntualmente a esa formalidad.

El viejo era un tipo meticuloso.

Hubo algunos llantos, al principio, y luego risas nerviosas, recuerdos forzados, viejos rencores sobreseídos a la luz incierta del ataúd abierto.

El viejo era un tipo popular.

Después de la ceremonia, un abogado de aspecto amarillento, hepático, le informó sobre las disposiciones legales que su padre había establecido:

El viejo deseaba ser cremado.

Y así fue.

Ardió como arde la madera vieja.

Las cenizas le fueron entregadas en una pequeña urna. Ella compró una mejor, de cerámica, con adornos exóticos. La embaló en una caja de cartón y la colocó en el asiento trasero del auto.

El viejo quería que sus cenizas fuesen arrojadas al mar.

Y al mar llegó esa noche, casi de madrugada. Caminó por la playa y cavó un pequeño pozo en la arena. Esperó pacientemente hasta que el viento le permitió encender un fuego. Se quitó el vestido negro, lo dobló cuidadosamente, y lo puso a un costado. Luego se quitó la ropa interior y la arrojó a las llamas.

Ardió como arde la madera joven.

Recogió los restos con mucho cuidado, y los depositó en el interior de la urna, sobre las cenizas de su padre.

Subió al muelle, desnuda bajo la luna. Aguardó, esperando nuevamente que el viento cambiara. Al amanecer abrió la urna, y el viento se llevó las cenizas sobre la marea en retroceso.

Pero las pesadillas continuaron.




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El último viaje en el tiempo de Camilo Unzué


El último viaje en el tiempo de Camilo Unzué.




Después de casi sesenta años operando la máquina del tiempo, a lo largo de los cuales cosechó la admiración de sus colegas, el respecto de sus superiores, y la veneración casi histérica de sus aprendices, Camilo Unzué se enfrentó a su último viaje. Nunca, antes o después, se otorgó un privilegio semejante.

Ése último viaje estaba libre de protocolos: no había una misión que seguir, ni parámetros que cumplir, ni incipientes agitadores a los cuales asesinar. Debido a su probada lealtad al proyecto, se permitió que Unzué decida el destino de su último viaje en el tiempo.

Tampoco hicieron falta los estudios psicológicos de rigor, diseñados para evaluar posibles brotes psicóticos en el viajero del tiempo. En seis décadas de trabajo, Unzué jamás había estropeado una línea temporal. Su semblante etrusco, casi anodino, producía una absoluta indiferencia, motivo por el cual fue capaz de visitar épocas remotísimas, así como futuros increíblemente distantes, sin causar jamás asombro o curiosidad.

A lo largo de esos sesenta años Unzué se privó cualquier beneficio o placer producto del conocimiento cabal de lo que fue y será: suprimió el deseo de asfixiar a Mussolini en su cuna, de quemar el Malleus Malleficarum, de salvar las vocales egipcias; esquivó la mirada entalcada de Madame de Pompadour, los secretos de Leonardo, la hirsuta geografía púbica de las chicas prerrafaelitas; y calló, como un monje de clausura, la verdadera identidad de Shakespeare, la roña proverbial de Epicuro, las várices de Helena de Troya.

A un hombre de semejante prudencia se le podía dar el beneficio de elegir su último viaje en el tiempo; aunque tiempo, curiosamente, era lo único que le faltaba a ese hombre.

El día de su cumpleaños número ochenta y cinco, ya encorvado y decrépito por los constantes viajes por las fronteras del tiempo, Unzué se subió por última vez a la máquina.

Muchos pensaron que su destino acaso sería el futuro. Unos 2000 o 3000 años hubiesen bastado para arribar a una época en la que nadie moriría de viejo, pero Unzué era un tipo impredecible. Situó el temporizador en el pasado; exactamente ochenta y tres años atrás.

Llegó a Buenos Aires en plena madrugada. Forzó una vieja puerta de rejas, atravesó un largo patio, y con absoluto sigilo se introdujo en una habitación modesta, saturada de humedad y olor a lavanda. Dos personas, un hombre y una mujer, dormían profundamente en el lecho matrimonial. Unzué, extraordinariamente hábil, se deslizó entre los dos cuerpos, se acurrucó entre ellos, y murió en la cama de sus padres.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de Antiayuda.


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Lo que casi nadie entendió sobre «El cuervo» de E.A. Poe


Lo que casi nadie entendió sobre «El cuervo» de E.A. Poe.




El cuervo (The Raven), publicado en la edición del 29 de enero de 1845 del periódico New York Evening Mirror, es probablemente el poema más conocido de Edgar Allan Poe (1809-1849). Mucho se ha dicho sobre esta obra maestra de la poesía maldita; sin embargo, hay un aspecto que muy pocos estudiosos de E.A. Poe han examinado en profundidad; un detalle, quizás, pero que podría cambiar por completo el sentido del poema.

El cuervo relata la misteriosa visita de un cuervo parlante a la casa de un hombre afligido por la reciente pérdida de su amada, llamada Leonor:


Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
se oyó de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.


Muchos aventuran que Leonor es, en realidad, una representación de Virginia Clemm, prima y esposa de E.A. Poe; no obstante, ella fallecería recién dos años después de la publicación del poema, motivo por el cual podemos descartar esta hipótesis. Recordemos que el poema transcurre durante una medianoche de diciembre, época del año que coincide con la fecha de muerte de la madre del poeta, Eliza Poe.

Es lógico imaginar que el amante atormentado que recibe la visita del insidioso cuervo es nada menos que Edgar Allan Poe, y de hecho así se observa en muchas ilustraciones; sin embargo, el estilo barroco de su discurso, su elección de palabras, su erudición circunspecta, se asemeja mucho más a la de un muchacho, o al menos a la de un hombre muy joven apasionado por el romanticismo.

Todas estas son pequeñas pistas que Edgar Allan Poe fue dejando para dar a entender que estamos en presencia de un estudiante.


Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.


El propio Edgar Allan Poe aclaró en cierta ocasión que su cuervo estuvo inspirado en el pajarraco diabólico de Barnaby Rudge (Barnaby Rudge), de Charles Dickens; y que el estilo sobrecargado del narrador proviene del poema de Elizabeth Barrett Browning: Geraldine (Geraldine). Esto explica el tono arrogante y barroco del narrador, así como el martilleo incesante de aquel «nunca más» del cuervo.

Rápidamente podemos descartar la idea de que El cuervo es una alegoría. Su tema principal, al menos en apariencia, es la devoción; es decir, la tristeza de un hombre cuya amada ha fallecido, y el deseo de volver a reencontrarse con ella. Desde aquí arriesgamos otra hipótesis: El cuervo es, en realidad, un poema que describe el conflicto entre el recuerdo y el olvido, y más precisamente entre la necesidad de recordar a alguien que ya no está y el deseo culposo de olvidarlo para siempre.

A pesar de las apariencias, el narrador de El cuervo desea olvidar a su amada muerta; y siente una tremenda culpa por ese deseo. Ahí radica su verdadero tormento.

E.A. Poe hace un gran esfuerzo para aclarar que el narrador de El cuervo no es un completo lunático, y mucho menos un perfecto imbécil que dialoga con un pájaro. De hecho, al principio el muchacho se asombra poderosamente de habilidad de hablar del cuervo:


Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.


Y más adelante añade la siguiente reflexión, en la cual se encuentra la verdadera clave para interpretar El cuervo:


sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio


En este punto, el narrador entiende que LO ÚNICO QUE EL CUERVO SABE DECIR es «nunca más» (Nevermore). De hecho, incluso aventura de qué forma el pájaro aprendió únicamente esas palabras:


su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de Nunca, nunca más.


Este detalle suele pasar desapercibido, aunque de hecho es la clave para entender El cuervo. En este instante el muchacho sabe que el cuervo solo puede decir «nunca más»; de modo tal que, a partir de ahí, todas sus preguntas son formuladas SABIENDO DE ANTEMANO cuál será la respuesta del pájaro: «nunca más»

¿Y cuáles son las preguntas que el narrador formula sabiendo que el cuervo responderá «nunca más»?


¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”


El bálsamo al que se refiere E.A. Poe es un símbolo de sanación, en este caso, para curar las heridas de su corazón. Más adelante vuelve a exigir:


dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora


En este punto tanto el narrador como el lector saben que lo único que el cuervo sabe decir es:


Nunca más.


De esta forma, Edgar Allan Poe articula una escena decididamente patética: un joven, triste y apesadumbrado, que aprovecha las únicas palabras que un cuervo sabe decir para aliviar su sentimiento de pérdida.

Efectivamente, no es el pájaro quien tortura al narrador; todo lo contrario, es el narrador, que ya conoce el escueto vocabulario del pájaro, quien formula preguntas que únicamente tendrán como respuesta el inexorable «nunca más».

Y todas esas preguntas, a veces veladas bajo demenciales exigencias, conducen el interrogatorio hacia un único camino: el reencuentro con su amada es imposible.

¿Por qué?

¿Acaso el joven no podría haber preguntado si volvería a sentirse solo al reencontrarse con su amada?

O quizás si, tras ir hacia ella en el Edén, ¿volverían a separarse?

En cualquier caso, el cuervo siempre respondería «nunca más». No obstante, este joven apesadumbrado elige deliberadamente aquellas preguntas que sentencian cualquier posibilidad de volver a ver a Leonor.

A esta altura del poema el interés del muchacho por el cuervo cambia repentinamente; finge estar enojado y trata de echarlo del cuarto; desde luego, sabiendo cuál será su respuesta:


Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.

Y el Cuervo dijo: Nunca más.


Como todos ya sabemos:


el cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado en el pálido busto de Palas,
en el dintel de la puerta de mi cuarto.


El pájaro permanecerá ahí, repitiendo una y otra vez su nunca más; pero ese mantra irreversible podría cambiar su sentido si el joven decidiera darle un giro a la naturaleza de sus preguntas. Esto nunca ocurre en el poema. El cuervo nunca lo abandonará, porque sin él la culpa por desear el olvido de Leonor es una carga insoportable.


Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!




Más de Edgar Allan Poe. I Autores con historia.


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El profesor Lugano explica cómo comprar una tarjeta de San Valentín


El profesor Lugano explica cómo comprar una tarjeta de San Valentín.




Nunca conocimos con certeza la situación sentimental del profesor Lugano. Algunos aseguran que mantiene una relación inusual con la licenciada Safo, atravesada por largos períodos de ausencia en los que ambos llegan a dudar de la existencia objetiva del otro. De más está decir que estos rumores jamás fueron confirmados, pero tampoco desmentidos.

Lo más cerca que estuvimos de comprender la compleja situación del profesor fue durante la semana previa a San Valentín, fecha de carácter comercial que únicamente beneficia a los burócratas del amor y pone en riesgo las relaciones clandestinas.

Cierta tarde, como se ha dicho, en los días previos a San Valentín, seguíamos al profesor Lugano durante una de sus largas caminatas por el perímetro del Cementerio del Oeste. Durante estos paseos, solía relatar anécdotas jugosas de orden filosófico, cuando no directamente metafísico. Rara vez se detenía, por eso nos llamó la atención que aquella tarde se detuviera frente a la vidriera de un local que vendía almidonadas tarjetas de San Valentín.

Nadie se permitió hacer una broma al respecto, habida cuenta del temperamento enérgico, casi homicida, del buen profesor. Nos mantuvimos a una distancia prudente.

Después de unos minutos el profesor Lugano seleccionó una tarjeta. De refilón alcanzamos a leer en el dorso:


Para mi único amor.


Inmediatamente después oímos la voz del profesor al dirigirse al comerciante:


—Deme tres.




Filosofía del profesor Lugano. I El lado oscuro del amor.


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