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Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead»


Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead».




El Naturom Demonto es un libro prohibido que nació en la película de terror de 1981: The Evil Dead, dirigida por Sam Raimi, que posteriormente se esparció en una franquicia de cuatro capítulos.

La saga gira en torno a este libro maldito, el Naturom Demonto, también llamado Necronomicón Ex-Mortis o Libro de los muertos, básicamente un antiguo texto sumerio que permite controlar a los muertos y toda clase de espíritus diabólicos.

En este contexto, el Naturom Demonto no es otra cosa que un libro de nigromancia, arte detestable que persigue la invocación y el control de los muertos, o mejor dicho, de los cadáveres ausentes de alma y voluntad propia.

Este libro proscrito está emparentado con el Necronomicón de H.P. Lovecraft, mencionado brevemente en el relato pulp de 1924: El sabueso (The Hound), y luego protagonizando historias mucho más elaboradas de los Mitos de Cthulhu; como El morador de las tinieblas (The Haunter Of The Dark) y La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out Of Time).

En este contexto, el Necronomicón es el vértice de los Mitos de Cthulhu, es decir, un elemento que le da coherencia a las historias dispersas de dioses antiguos que se disputan la soberanía del universo.

No obstante, no todas las páginas escritas por el árabe loco, Abdul Alhazred, se comprometen con esa crónica de los Antiguos. Hay otras, mucho más personales, que simplemente conducen a la locura del lector imprudente.

Uno de estos capítulos es el Naturom Demonto que aparece en la franquicia de Evil Dead.

Así como el ocultismo y el esoterismo son artes cooperativas, los Mitos de Cthulhu también fueron ampliados por los escritores pertenecientes al Círculo de Lovecraft: autores como August Derleth y Clark Ashton Smith aportaron lo suyo; éste último con el Libro de Eibon; así como Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano), y Robert E. Howard a través del Unaussprechlichen Kulten.

El aporte de Evil Dead a la bibliografía del Necronomicón es el Naturom Demonto, tal vez menos conocido que sus predecesores pero igualmente inquietante.

Las raíces del Necronomicón se esparcen sobre el Naturom Demonto y aún más allá, dándole forma a los horrores irreconocibles del cosmos. Recordemos que incluso la criatura creada por el artista suizo H.R. Giger, llamada Alien, pero cuyo nombre real es Xenomorfo, está directamente vinculada al Necronomicón.

El clásico de Sam Raimi, The Evil Dead, es uno de los herederos menos populares del Necronomicón. Pero las diferencias entre el Naturom Demonto y el libro apócrifo de Lovecraft nada tienen que ver con su contenido, sino con el perfil de quienes acceden a él.

En las historias de H.P. Lovecraft, todos los que tienen acceso al Necronomicón son hombres cultos, muchas veces versados en las artes oscuras. En Evil Dead, en cambio, los imprudentes que abordan el Naturom Demonto son cinco adolescentes que encuentran una copia y una transcripción en una cabaña miserable emplazada en los bosques de Tennessee.

Sin embargo, aquellos cinco adolescentes no son quienes descifran los misterios del Naturom Demonto. Es la grabación realizada por el propietario de la cabaña, un arqueólogo desaparecido, la que despierta a los espíritus aletargados que habitan en el bosque, continuando de este modo la tradición lovecraftiana de científicos asociados al Necronomicón.

De acuerdo a Evil Dead, el Necronomicón es un libro encuadernado en piel humana y escrito con sangre. Por su parte, H.P. Lovecraft jamás dio datos específicos sobre la apariencia del Necronomicón, ni siquiera cuando sus personajes lo rastrean en la apócrifa Universidad de Miskatonic.

Hasta la llegada de Evil Dead, el Necronomicón fue un libro perseguido al que sólo los hombres eruditos en las ciencias arcanas podían acceder. Luego de la aparición del Naturom Demonto, el Necronomicón Ex-Mortis, hasta un grupo de adolescentes inconscientes, intelectualmente precarios, pueden convertirse en sus víctimas.

Al parecer, nadie está a salvo de sus páginas.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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El secreto de ver formas en las nubes


El secreto de ver formas en las nubes.




El científico y la poetisa estaban echados en el pasto, en silencio, buscando formas en las nubes.

—¿Qué ves? —preguntó la poetisa.

El científico se humedeció los labios. Nunca dejaba pasar la oportunidad de desparramar sus conocimientos.

—La pregunta no sería qué veo, sino qué es lo que mi cerebro me hace ver.

—Ah —dijo la poetisa.

El científico se apoyó sobre un codo y la observó, olvidándose de las nubes.

—¿Sabés por qué vemos formas en las nubes?

—No.

—Pareidolia.

—¿Parei... qué?

—Dolia. Es un fenómeno cognitivo, básicamente. El cerebro procesa un estímulo visual aleatorio y le da una forma reconocible; por ejemplo, percibiendo equivocadamente una cara o una silueta en las nubes. Algo parecido al test de Rorschach. ¿Lo conocés?

—Sí, claro.

—Y por esa razón no todos vemos lo mismo en las nubes —dijo él, una vez agotados sus argumentos.

—Al final no me respondiste —dijo la poetisa—. ¿Qué ves en las nubes?

El científico volvió la mirada hacia el cielo.

—En esa nube veo la forma de un rostro de perfil. Ahí está la nariz, ahí está la boca, el mentón. ¿Vos qué ves?

La poetísa señaló a una nube ligeramente retrasada del resto, y luego dijo:

—Una nube que nos observa; intenta imaginar qué forma tenemos.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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El amor imposible de la luna


El amor imposible de la luna.




El filósofo subió a lo alto de la colina.

Era noche cerrada. Las nubes se amontonaban en el horizonte como un rebaño entumecido que espera los dedos rosados del alba.

En esa hora incierta elevó su voz al cielo.

—La tenacidad es un rasgo deseable en muchas actividades pero no en el amor —dijo el filósofo—. El insistidor rara vez seduce, a lo sumo desgasta. Su virtud no es la conquista elegante sino la voluntad de perpetuar un asedio tan prolongado que, por hambre, sed o aburrimiento, la plaza finalmente se rinde ante él.

El filósofo aguardó que sus palabras atravesaran la negrura, pero la luna, con un brillo fatigoso, casi indiferente, se asomó entre las nubes.

Desde entonces fueron muchos los sabios que ascendieron a la colina para persuadir a la luna; pero esta continuó saliendo, noche tras noche, con la íntima convicción de que algún día el girasol la miraría.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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Anna Kingsford: médica, vegetariana, anti-vivisección y enemiga psíquica de Pasteur


Anna Kingsford: médica, vegetariana, anti-vivisección y enemiga psíquica de Pasteur.




Anna Kingsford (1846-1888) fue una mujer tan extraordinaria como polémica.

Fue la primera mujer en Inglaterra en convertirse en médica (aunque cursara sus estudios en París), editora de un periódico feminista, defensora de los derechos de los animales, activista del vegetarianismo, líder de incontables campañas anti-vivisección, presidenta de la Sociedad Teosófica, inspiradora de la Golden Dawn, amiga de ocultistas y esoteristas como Eliphas Levi y H.P. Blavatsky, neopaganista, confidente de las hadas, y presunta enemiga telepática de Louis Pasteur.

Frente a tamaña diversidad de intereses resulta conveniente empezar por el principio.

Anna Kingsford afirmó haber tenido contacto con las hadas desde muy pequeña. En la adolescencia esas visiones se agudizaron: entablaba fluidas conversaciones con ángeles, experimentaba sueños lúcidos en donde podía viajar en el tiempo y observar el cosmos incluso en escalas microscópicas. Buena parte de estas experiencias quedarían reflejadas en el libro: Vestida de sol (Clothed With the Sun).

El estudio absorbía todo su tiempo, interesándose tanto en la ciencia como en las artes mágicas; motivo por el cual no cultivó deseo alguno por los hombres. Para evitar la presencia de pretendientes indeseados contrajo matrimonio con un clérigo anglicano, igualmente desinteresado en el sexo, con quien pactaría un vínculo en el que ambos podrían hacer lo que quisieran.

Durante los primeros meses de matrimonio, Anna Kingsford se instaló en París para estudiar la carrera de medicina, por aquel entonces, vedada a las mujeres en Inglaterra. Allí realizó algunas investigaciones sobre lo paranormal y entabló amistad con algunos de los más reconocidos nigromantes de la ciudad.

La filosofía de vida de Anna Kinsford no fue precisamente un factor de reconocimiento en la Escuela de Medicina. Ella promovía abiertamente el vegetarianismo y desaprobaba de forma radical la vivisección animal entre sus colegas y profesores. Tampoco creía que sus estudios científicos fuesen un motivo válido para abandonar sus investigaciones en el ocultismo.

En la era victoriana, la vivisección de animales y sin ningún tipo de anestesia era una práctica diaria en cualquier escuela de medicina; no solo como método de práctica de procedimientos quirúrgicos sino como base de investigaciones sin demasiado sustento. Anne Kingsford se rehusaba a asumir estas prácticas de forma natural, es decir, sin tomar las precauciones necesarias para que los animales no sufrieran innecesariamente.

A propósito de los gritos incesantes de los animales atormentados que poblaban los salones de la escuela, Anne Kinsford escribió:


He hallado mi Infierno, justo aquí, en la Faculté de Médecine de París; un infierno más real y horrible que cualquier otro que pueda encontrar, y uno que cumple todos los sueños de los monjes medievales. Intentando en vano cerrar mis oídos ante los gritos lastimeros y los llantos que flotaban incesantemente hacia mí, recé: oh, Dios, sácame de este infierno.

(I have found my Hell here in the Faculté de Médecine of Paris, a Hell more real and awful than any I have yet met with elsewhere, and one that fulfills all the dreams of the mediaeval monks. Trying vainly to shut out of my ears the piteous shrieks and cries which floated incessantly towards me, I prayed, Oh God, take me out of this Hell)


Para diciembre de 1877 la estabilidad mental y emocional de Anna Kingsford había llegado a su límite. La explosión se produjo durante una exposición del biólogo y fisiólogo Claude Bernard, quien describía el perturbador procedimiento de hervir perros vivos con el objetivo de estudiar las variaciones de su calor corporal. Incapaz de tolerar otra muestra de indiferencia ante el sufrimiento de los animales, Anna Kingsford se puso de pie y gritó: ¡Asesino!

La respuesta del doctor Bernard, lejos de recurrir a pretextos académicos, fue la siguiente: Tais-toi, pauvre bête! (¡Cierra el pico, pobre bestia!).

Hay que decir que no solo Anna Kingsford estaba en contra de la vivisección. Eran muchos los estudiantes de medicina que, sin compartir del todo sus criterios, consideraban que era imposible estudiar en un ambiente saturado de aullidos. Ella, sin embargo, consideraba que la vivisección era lisa y llanamente una tortura, opinión que ubicaba a sus profesores como torturadores y no cómo médicos.

Se dice que durante el altercado verbal con el doctor Bernard, Anna Kingsford entró en una especie de trance, murmurando palabras sin sentido y realizando movimientos inarticulados con los brazos. El debate culminó con el desmayo de la muchacha. Seis semanas después el doctor Bernard cayó en cama, presa de la fiebre y terribles dolores abdominales. No se logró acertar con un diagnóstico y falleció.

Poco después, Anna Kingsford empezó a considerar la posibilidad de que su intenso rechazo por los métodos del doctor Bernard era la verdadera causa de su muerte. Lejos de sentirse intimidada o culpable por ese supuesto poder psíquico, escribió:


Haré peligroso, no, mortal, el ser un vivisector.
(I will make it dangerous, nay, deadly, to be a vivisector)


Uno de los logros más impresionantes de Anne Kingsford fue haberse graduado con honores en 1880 sin haber experimentado con un solo animal en el proceso. La práctica de la medicina, sin embargo, le interesaba menos que exterminar uno a uno a los torturadores.

En octubre de 1886 sus esfuerzos telepáticos se centraron en el doctor Paul Bert, discípulo de Bernard, quien había instalado un laboratorio en su domicilio particular donde realizaba experimentos para su tesis sobre trasplantes en animales, efectuando en el camino algunos procesos de semidisecado verdaderamente atroces. Un mes después, a mediados de noviembre, el doctor Bert falleció misteriosamente.


He asesinado a Paul Bert como asesiné a Claude Bernard; así como asesinaré a Louis Pasteur y, después de él, a toda la tribu de vivisectores.

(I have killed Paul Bert, as I killed Claude Bernard; as I will kill Louis Pasteur, and after him the whole tribe of vivisectors)


Para lograr ese cometido Anna Kingsford consiguió ocupar un puesto estable en el laboratorio de investigación de Louis Pasteur en París. No obstante, cierta noche fue interceptada por una tormenta. Pocos días después desarrolló neumonía, y luego tuberculosis, enfermedades que la llevarían a la tumba el 22 de febrero de 1888.

Uno de sus amigos personales, Richard Francis Burton, la acompañó durante su agonía. Al parecer, Anna Kingsford padecía horribles alucinaciones en las cuales revivía una y otra vez los gritos desgarradores de los animales torturados en nombre de la ciencia.

Si bien Louis Pasteur logró evadir los supuestos poderes paranormales de Anna Kingsford, también hay que decir que para la época en la que ella estuvo postrada el doctor cayó gravemente enfermo y recién llegaría a recuperarse en 1887.

Más allá de estos presuntos poderes psíquicos, el verdadero legado de Anna Kingsford fue haber sido una mujer brillante en una época que no admitía tales desafíos.

Su enfrentamiento con el poder establecido, su lucha por los derechos de los animales, insistimos, en pleno siglo XIX, dan testimonio de una grandeza de espíritu que no se entorpece ni se disminuye por sus creencias particulares, no importa cuán extravagantes o exageradas puedan ser.

Su postura con respecto a la experimentación con animales vivos, a la libre e irresponsable disposición de seres desprovistos de inteligencia tal y como la conocemos, pero poseedores de un alma y de un sentido del sufrimiento, sintetizan toda su vida:




Feminología: mujeres extraordinarias. I Misterios miserables.


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