La extraña cabalgata de Morrowbie Jukes: Rudyard Kipling


La Extraña cabalgata de Morrowbie Jukes (The Strange Ride of Morrowbie Jukes) es un relato de terror del escritor británico Rudyard Kipling, publicado en 1885.

No hay mucho para decir sobre este cuento de Kipling que no se haya dicho oportunamente. Personalmente, sus historias de la India me traen siempre la misma sensación: el recelo inicial por su cubierta, descascarada por el excesivo cariño de su anterior dueño, y la impresión de ser efectivamente un testigo, más que un lector, de los arcanos indoeuropeos.

Para no eludir nuestro exordio informativo, aclaramos que La extraña cabalgata de Morrowbie Jukes se desarrolla en una ciudad de muertos, en el desierto entre Pakpattan y Mubarukpur. Comienza con la fiebre, sigue con el asesinato de un perro, y concluye como todas las historias de Rudyard Kipling: maravillosamente.


La Extraña cabalgata de Morrowbie Jukes.
The Strange Ride of Morrowbie Jukes
, Rudyard Kipling (1865-1936)


Muerto o vivo, no hay otro camino...
Proverbio aborígen.

Como dicen los ilusionistas, no hay engaño en este relato. Jukes fue a parar por puro azar a una aldea cuya existencia es perfectamente conocida, si bien es el único inglés que ha estado allí. Una institución similar solía prosperar en los alrededores de Calcuta, y se cuenta que si uno se interna en Bikanir, en el corazón del gran desierto de la India, se encontrará no una aldea, sino una ciudad donde los Muertos que no murieron —pero que ya no pueden vivir— han establecido su cuartel general. Y como es absolutamente cierto que en este mismo desierto hay una ciudad maravillosa donde los ricos prestamistas van a retirarse después de haber amasado sus fortunas (fortunas tan vastas que sus propietarios no pueden confiar su custodia ni siquiera al poderoso brazo del Gobierno y prefieren buscar refugio en las áridas arenas), y conducen suntuosas carrozas con ballestas en forma de C, y compran muchachas hermosas y decoran sus palacios con oro y marfil, azulejos de Minton y madreperlas, no veo por qué razón no ha de ser cierto el relato de Jukes. Es un Ingeniero Civil, dotado con un talento especial para levantar planos, medir distancias y cosas de ese tipo y, realmente, no se tomaría la molestia de inventar trampas imaginarias. Ganaría mucho más dedicándose al legítimo ejercicio de su profesión. Nunca introduce variaciones en su narración, y se acalora y se indigna cuando recuerda el tratamiento humillante que recibió. Al principio escribió su relación de los hechos de forma más espontánea, pero posteriormente ha retocado algunos pasajes e introducido Reflexiones Morales. Esta es su redacción definitiva:
Todo empezó con un ligero ataque de fiebre. Mi trabajo me obligaba a permanecer acampado durante varios meses entre Pakpattan y Mubarakpur —una región particularmente desolada y arenosa, como sabrá cualquier persona que haya tenido la desgracia de visitarla—. Mis coolies1 no eran ni más ni menos irritantes que los de cualquier otra cuadrilla, y mi trabajo exigía demasiada atención para sentirme melancólico, en el supuesto de que hubiera experimentado una debilidad tan impropia de un hombre.
El 23 de diciembre de 1884 me sentía un poco febril. Aquella noche había luna llena, y en consecuencia, todos los perros que se encontraban en las cercanías de mi tienda se dedicaban a aullar. Las bestias se reunían en grupos de dos o tres, y me estaban volviendo loco. Unos días antes me había cargado de un tiro a uno de estos tenores estridentes y había colgado su cadáver, in terrorem, a unas cincuenta yardas de la puerta de mi tienda. Pero sus colegas se abalanzaron sobre él, se disputaron los despojos y acabaron por devorarlo completamente. A continuación —al menos así me pareció a mí— entonaron sus himnos de acción de gracias con renovada energía.
La sensación de delirio que acompaña a la fiebre actúa de manera diferente en cada individuo. Al cabo de un rato, mi indignación dio paso a la fría determinación de abatir a un enorme animal con manchas blancas y negras, que había sido el director del coro nocturno y el primero en emprender la huida. Debido a los temblores de mi mano y al aturdimiento de mi cabeza, había errado ya los dos disparos de mi escopeta, cuando se me ocurrió que lo mejor sería perseguirle a caballo hasta llegar a campo abierto y despacharle con una jabalina. Desde luego, no era más que la idea delirante de un enfermo de fiebre, pero recuerdo que en aquel momento me pareció eminentemente práctica y factible. Por consiguiente, ordené a mi palafrenero que ensillara a Pornic y lo llevara sin hacer ruido a la parte posterior de mi tienda. Cuando el caballo estuvo aparejado, me acerqué hasta su cabeza dispuesto para montarlo y salir al galope tan pronto como el perro reanudara el concierto. Pornic, sea dicho de paso, llevaba dos días sin salir del cercado; el aire de la noche era frío y estimulante, y yo iba pertrechado con dos largas y afiladas espuelas que esa misma tarde había utilizado para despertar a una jaca indolente. Pueden creerme, por tanto, si les digo que partiría a toda velocidad en cuanto le diera la orden. En un momento, pues el animal salió disparado como una flecha, dejamos la tienda atrás y volamos sobre la tersa superficie arenosa a la velocidad de una carrera de caballos. Un instante después habíamos dejado atrás al maldito perro, y a mí casi se me había olvidado el motivo que me había impulsado a salir a caballo, armado con una jabalina.
El delirio de la fiebre y la excitación producida por el vertiginoso movimiento a través del aire gélido de la noche debían de haberme despojado del resto de mis sentidos. Recuerdo vagamente que me mantenía erguido sobre los estribos y que blandía mi jabalina hacia la gran luna blanca, que contemplaba apaciblemente mi insensata cabalgada. Recuerdo también haber lanzado gritos de desafío a los arbustos que pasaban silbando a mi lado. Una o dos veces, creo, me tambaleé sobre el cuello de Pornic y quedé literalmente colgado de mis espuelas, como comprobé a la mañana siguiente por las marcas.
El infortunado animal corría como un poseído sobre lo que parecía una extensión infinita de arena iluminada por la luna. Después, recuerdo, el terreno se elevó de forma inesperada frente a nosotros y, a medida que ascendíamos la cima, veía las aguas del Sutlej, que brillaban al fondo como una barra de plata. En ese preciso instante Pornic dio un traspié, cayó con todo su peso hacia adelante y rodamos juntos por una pendiente invisible.
Debí de perder la conciencia, porque, cuando volví en mí, estaba tendido boca abajo, encima de un montículo de suave arena blanca, y la aurora despuntaba débilmente sobre el borde de la pendiente por la que había caído. A medida que se expandía la luz, comprobé que me encontraba en el fondo de un cráter de arena en forma de herradura, que se abría por el lado que daba a los bajíos del Sutlej. La fiebre se había disipado y, a excepción de una ligera sensación de vértigo, no acusaba los efectos de la caída nocturna.
Pornic, que estaba a unas cuantas yardas de distancia, se sentía, como es natural, bastante fatigado, pero no había sufrido daño alguno. Su silla —la que yo prefería para jugar al polo— no había salido tan bien librada, y había quedado retorcida bajo su vientre. Me llevó algún tiempo arreglarla y, entre tanto, tuve suficientes oportunidades de examinar el lugar donde había caído de forma tan estúpida. A riesgo de ser considerado tedioso, creo que debo describirlo en detalle, puesto que un cuadro mental exacto de sus peculiaridades ayudará al lector a comprender lo que sigue.
Imagínense entonces, como he dicho antes, un cráter de arena en forma de herradura, con paredes de arena muy abruptas, de una altura aproximada de treinta y cinco pies. (El ángulo de la pendiente debía de ser, supongo, de unos sesenta y cinco grados.) El cráter comprendía una superficie de tierra llana, de unas cincuenta yardas de longitud por treinta de anchura máxima, con un tosco pozo en el centro. En torno al fondo del cráter, a cosa de tres pies por encima del suelo propiamente dicho, se destacaban una serie de agujeros, ochenta y tres en total, de forma semicircular, ovoide, cuadrada y poligonal, cuyas aberturas medirían tres pies de diámetro. Un examen atento de cada agujero revelaba que su interior estaba cuidadosamente apuntalado con madera de deriva y bambúes, y que por encima de la abertura sobresalía un alero de madera, parecido a la visera de una gorra de jockey, de dos pies de longitud. No era visible ningún signo de vida en aquellos túneles, pero el más nauseabundo hedor impregnaba el anfiteatro entero... un hedor más insoportable que cualquier otro de los que me han deparado mis viajes por las aldeas indias.
Después de montar de nuevo a Pornic, que se mostraba tan ansioso como yo por regresar al campamento, bordeé la base de la herradura, a fin de encontrar un lugar por el que fuera practicable la salida. Los habitantes, quienquiera que fueran, no habían considerado oportuno hacer acto de presencia, de modo que quedé librado a mis propios recursos. Mi primera tentativa de lanzar a Pornic a la escalada de la pendiente de arena me hizo comprender que había caído en el interior de una trampa que reproducía exactamente el modelo de la que tiende la hormiga león a su víctima. A cada paso, la arena movediza se derrumbaba a toneladas ladera abajo y crepitaba como metralla al golpear contra los aleros de los agujeros. Un par de cargas inútiles nos volvieron a enviar rodando al fondo, medio asfixiados por los torrentes de arena, y me vi obligado a concentrar toda mi atención en la orilla del río.
Allí la cosa parecía bastante fácil. Las dunas descendían hasta la orilla, ciertamente, pero había suficientes bajíos y bancos de arena que podría atravesar al galope con Pornic y llegar a la terra firma girando con decisión a derecha o izquierda. Mientras conducía a Pornic por las dunas, me vi sorprendido por la débil detonación de un rifle al otro lado del río; al mismo tiempo, una bala pasó rozando la cabeza de Pornic con un agudo silbido. No era posible equivocarse sobre la naturaleza del proyectil: se trataba de un Martini-Henry de reglamento. A unas quinientas yardas de distancia, en medio del río, se encontraba anclada una embarcación indígena, y en la proa, un chorro de humo que se perdía en el tranquilo aire de la mañana, me indicó el origen de esta delicada atención. ¿Se ha visto alguna vez a un caballero respetable en semejante impasse? La traidora pendiente de arena no me permitía escapar del maldito lugar a donde había ido a parar totalmente en contra de mi voluntad, y acercarme a la frontal del río sería como dar la señal de fuego a algún indígena demente apostado en el bote. Estaba tan asustado que perdí la calma...
Otra bala me recordó que lo más aconsejable era mantener la sangre fría, de modo que me retiré apresuradamente remontando las dunas y regresé a la herradura, donde vi que el ruido del rifle había hecho salir a sesenta y cinco seres humanos de sus madrigueras, que hasta ese momento yo había creído deshabitadas. Me encontré en medio de una muchedumbre de espectadores, unos cuarenta hombres, veinte mujeres y un niño que no podía tener más de cinco años. Estaban todos medio desnudos, cubiertos tan sólo con una tela de color salmón que uno asocia inmediatamente a los mendigos hindúes, y, a primera vista, me dieron la impresión de ser una banda de infectos faquires. La inmunda suciedad de aquella asamblea sobrepasaba toda descripción, y me estremecí al imaginar la clase de vida que debían de llevar en aquellas madrigueras.
Incluso en estos días, en que la autonomía de los gobiernos locales ha destruido la mayor parte del respeto de los indígenas por el Sahib, estoy acostumbrado a recibir ciertas cortesías por parte de mis inferiores y, cuando se acercó aquella muchedumbre, yo esperaba, naturalmente, que mi presencia fuera objeto de alguna atención. Y de hecho así fue, pero no de la forma que yo me suponía.
Aquella tropa de harapientos se rió descaradamente de mí, y espero no volver a oír jamás una risa semejante. Lanzaban alaridos, se carcajeaban, silbaban y aullaban mientras avanzaba en medio de ellos; algunos se arrojaron literalmente al suelo, presas de convulsiones de satánica hilaridad. Inmediatamente solté las riendas de Pornic; la aventura de la mañana me había sacado de mis casillas y me puse a golpear como un loco a los que se encontraban más cerca de mí. Los miserables caían como bolas bajo mis golpes, y las manifestaciones de risa dieron paso a gemidos de misericordia, mientras que los que no habían sido golpeados se abrazaban a mis rodillas, implorándome en toda clase de lenguas extrañas que me apiadara de ellos.
En medio del tumulto, y justo cuando empezaba a sentirme verdaderamente avergonzado por haber dado rienda suelta de forma tan absurda a mi mal humor, una voz fina y aguda murmuró en inglés a mis espaldas:
—¡Sahib! ¡Sahib! ¿No me reconoce? Sahib, soy Gunga Dass, el jefe de telégrafos.
Me volví rápidamente y me encontré cara a cara con el hombre que acababa de hablar.
Yo había conocido a Gunga Dass —no tengo, desde luego, el menor inconveniente en mencionar su verdadero nombre— hacía cuatro años; era un brahmín de Deccanee enviado por el gobierno del Punjab a uno de los Estados de Khalsia. Era responsable de una sección de la oficina de telégrafos, y cuando lo vi por última vez me pareció el típico burócrata gordinflón, jovial y tripudo, dotado con un maravilloso talento para construir horribles juegos de palabras en inglés: una peculiaridad que me hizo recordarlo mucho tiempo después de haber olvidado los servicios que me había prestado en virtud de su cargo oficial. Es raro que un hindú haga juegos de palabras en inglés.
Pero ahora estaba casi irreconocible. Las marcas de casta, la panza, las polainas gris pizarra y su manera untuosa de hablar habían desaparecido. Mis ojos contemplaban un rancio esqueleto, sin turbante y casi desnudo, con el cabello largo y enmarañado, y ojos cavernosos y sin expresión, como los de un besugo. De no ser por la cicatriz en forma de media luna que tenía en la mejilla izquierda —secuela de un accidente del que yo había sido responsable— jamás le habría reconocido. Pero era Gunga Dass, sin duda, un indígena que hablaba inglés —gracias a Dios— y que podría, al menos, explicarme el significado de todo lo que había sucedido aquel día.
La muchedumbre se retiró a cierta distancia y yo me dirigí hacia aquella miserable figura y le ordené que me indicara la forma de escapar del cráter. Tenía en la mano una corneja recién desplumada y, a modo de respuesta, trepó lentamente a una plataforma de arena que seguía el recorrido de los agujeros y se puso a encender un fuego en silencio. Los juncos secos, las adormideras del desierto y la madera de deriva arden rápido, y para mí fue un gran consuelo observar que Gunga Dass lo encendía con una simple cerilla de azufre. Cuando el fuego se redujo a un montón de brasas y la corneja estaba a punto de quemarse, Gunga Dass comenzó a hablar sin rodeos:
—No hay más que dos clases de hombres, señor: los vivos y los muertos.
Cuando estás muerto, estás muerto; pero cuando estás vivo, vives. (En este punto del discurso la corneja requirió su atención por unos instantes, de modo que dio la vuelta al pajarraco antes de que se carbonizara por un lado.) Si mueres en casa, pero no estás muerto cuando te llevan al Ghat2 para incinerarte, entonces te traen aquí.
Así me fue revelada la naturaleza de aquella hedionda aldea, y todo cuanto yo sabía o había leído sobre lo grotesco y lo horrible palideció ante lo que acababa de comunicarme el antiguo brahmín. Hace dieciséis años, cuando desembarqué por primera vez en Bombay un armenio vagabundo me habló de la existencia, en algún rincón de la India, de un lugar donde eran enviados y confinados los hindúes que habían tenido la desgracia de recobrarse de un trance o catalepsia, y recuerdo que me reí abiertamente de lo que en aquel entonces consideré como un típico cuento de vagabundo. Ahora, sentado en el fondo de aquella trampa de arena, el recuerdo del Hotel Watson, con el balanceo de sus grandes punkahs, sus sirvientes de ropas blancas y el armenio de rostro cetrino, volvió a mi memoria tan nítidamente como una fotografía y estallé en un estrepitoso ataque de risa. ¡El contraste era tan absurdo!
Gunga Dass, inclinado sobre el inmundo pájaro, me observaba con curiosidad. Los hindúes ríen poco y el ambiente que nos rodeaba no era el más propicio para un exceso de hilaridad. Retiró solemnemente la corneja del asador de madera y la devoró con igual solemnidad. Después reanudó su historia, que reproduzco con sus propias palabras:
—En las epidemias de cólera le llevan a uno para ser incinerado casi antes de estar muerto del todo. Cuando llegas a la orilla, el aire frío, tal vez, te hace revivir, y entonces, si no estás nada más que un poco vivo, te tapan la nariz y la boca con barro, y mueres definitivamente. Pero si estás algo más vivo, te ponen más barro; pero si estás demasiado vivo, dejan que te levantes y te llevan con ellos. Yo estaba demasiado vivo y protesté airado contra las indignidades a las que intentaban someterme. En aquellos tiempos yo era un brahmín y tenía orgullo. Ahora estoy muerto y como... —en este punto, contempló los huesos roídos de la quilla de la corneja, mostrando el primer signo de emoción que yo había visto desde nuestro reencuentro— cornejas y otras cosas. Cuando comprobaron que estaba demasiado vivo, me despojaron de las sábanas, me atiborraron de medicinas durante una semana, y me recuperé completamente.
Después me enviaron por ferrocarril desde mi ciudad hasta la estación de Okara, bajo la custodia de un hombre que no me quitaba los ojos de encima. En la estación de Okara nos reunimos con otros dos hombres y nos transportaron a los tres en camellos, por la noche, desde la estación de Okara hasta este lugar. Entonces me arrojaron al fondo del cráter, y los otros dos cayeron detrás de mí... y aquí estoy, desde hace dos años y medio. En otro tiempo fui un brahmín y un hombre orgulloso, y ahora como cornejas.
—¿No hay ninguna manera de salir de aquí?
—Ninguna, en absoluto. Cuando llegué, hice frecuentes tentativas, igual que los otros, pero siempre hemos sido derrotados por la arena que se precipita sobre nuestras cabezas.
—Pero, ciertamente —interrumpí—, el acceso a la orilla del río está abierto y vale la pena sortear las balas; por la noche...
Yo había esbozado ya un rudimentario plan de fuga y mi natural instinto egoísta me prohibía compartirlo con Gunga Dass. El, sin embargo, adivinó mi inexpresado pensamiento casi en el instante en que se me ocurrió, y para mi profunda sorpresa, dejó escapar una prolongada y grosera risita burlona; era una risita, entiéndase bien, de un superior, o al menos de un igual.
—No lo conseguirás —había abandonado el tratamiento de «usted» después de sus palabras de bienvenida—, no escaparás de ese modo. Pero puedes intentarlo. Yo lo he intentado. Sólo una vez.
La sensación de terror innombrable y de abyecto miedo, que en vano había tratado de dominar, se apoderó por completo de mí. El prolongado ayuno —eran casi las diez y no había comido nada desde el almuerzo del día anterior—, unido a la violenta y antinatural agitación de la cabalgada, me habían dejado exhausto, y estoy convencido de que durante unos minutos me comporté como un estúpido. Me arrojé violentamente contra las despiadadas pendientes de arena.
Corrí alrededor de la base del cráter, blasfemando y suplicando a la vez. Me arrastré entre los juncos hasta la orilla del río, viéndome obligado a retroceder en cada ocasión, presa de un paroxismo de terror nervioso, a causa de la lluvia de balas que se hundían en la arena a mi alrededor —no quería enfrentarme a la muerte como un perro rabioso en medio de aquella horrible muchedumbre— y acabé cayendo, agotado y enloquecido, junto al brocal del pozo. Nadie prestó la más mínima atención a una exhibición que todavía me hace enrojecer cada vez que la recuerdo.
Otros dos hombres pisaron mi cuerpo jadeante cuando se acercaron a sacar agua, pero, evidentemente, estaban acostumbrados a este tipo de incidentes y no creían que mereciera la pena desperdiciar el tiempo conmigo. La situación era humillante. Una vez cubiertas las cenizas de su fuego con arena, Gunga Dass tuvo el detalle de derramar media taza de agua fétida sobre mi cabeza, una atención por la que debía haberle dado las gracias de rodillas, pero seguía riéndose con el mismo tono agudo y triste con que había recibido mis primeros esfuerzos por vencer los bancos de arena. Y así, sumido en un estado semiinconsciente, yací hasta el mediodía. Entonces, era un hombre después de todo, sentí hambre y se lo di a entender a Gunga Dass, a quien había empezado a considerar como mi protector natural. Siguiendo el impulso maquinal del mundo exterior cuando se trata con un indígena, me llevé la mano al bolsillo y saqué cuatro annas3. Inmediatamente me di cuenta de lo absurdo de una propina en semejantes circunstancias y guardé de nuevo el dinero en el bolsillo.
Gunga Dass, sin embargo, tenía una opinión diferente.
—Dame el dinero —dijo—; todo el dinero que lleves encima, o pediré ayuda a mis compañeros y te mataremos.
¡Todo esto lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo! El primer impulso de un británico, creo yo, es proteger el contenido de sus bolsillos, pero un segundo de reflexión me convenció de la futilidad de enemistarme con la única persona que tenía en su poder hacerme la vida más soportable, y con cuya ayuda tal vez sería posible escaparme al fin del cráter. Le entregué todo el dinero que poseía —nueve rupias, ocho annas y cinco pies—, pues siempre que salgo al campo llevo moneda suelta para utilizarla como bakshish. Gunga Dass apretó las monedas y las escondió enseguida en su harapiento taparrabos, mientras miraba a su alrededor con una expresión diabólica para asegurarse de que nadie nos observaba.
—Ahora te daré algo de comer —dijo.
No soy capaz de adivinar qué clase de placer iba a proporcionarle mi dinero, pero, puesto que le complacía tanto, no me pesaba haberme desprendido de él con tanta prodigalidad, pues no me cabe duda de que me habría hecho asesinar si hubiera rehusado. Es absurdo rebelarse contra el capricho de las bestias salvajes en su guarida, y mis compañeros eran inferiores a las bestias. Mientras devoraba lo que Gunga Dass me había traído, un rancio chapetti y una taza de agua fétida del pozo, la gente no mostraba el menor signo de curiosidad —esa curiosidad tan exuberante, tan habitual en las aldeas de la India.
Llegué a pensar incluso que me despreciaban. En cualquier caso, era evidente que me trataban con la más fría indiferencia, y Gunga Dass no era una excepción. Le acosé con preguntas sobre aquella terrible aldea y recibí respuestas extremadamente insatisfactorias. Por lo que pude deducir, existía desde tiempo inmemorial —por lo que llegué a la conclusión de que tendría al menos un centenar de años— y durante todo aquel tiempo nadie había conseguido escapar de allí. (Tuve que controlarme físicamente con las dos manos para que el terror ciego no se apoderara de mí por segunda vez y me impulsara a dar vueltas como un loco alrededor del cráter.) Gunga Dass parecía sentir un malicioso placer en recalcar este detalle y observar mis muecas de terror. Sin embargo, me resultó imposible inducirle a que me contara quiénes eran los misteriosos «Ellos».
—Así ha sido ordenado —respondía—, y no sé de nadie que haya desobedecido las órdenes.
—Espera a que mis sirvientes descubran que me he perdido —repliqué— y te prometo que este lugar será borrado de la faz de la tierra, y de paso te daré una lección de buenos modales, amigo mío.
—Tus sirvientes serán despedazados antes de que consigan acercarse siquiera y, además, estás muerto, mi querido amigo. No es culpa tuya, desde luego, pero estás nada menos que muerto y enterrado.
A intervalos poco regulares, me dijo, se suministraban víveres, que eran arrojados al anfiteatro desde tierra firme, y los habitantes se peleaban por ellos como bestias salvajes. Cuando algún hombre sentía que se aproximaba la hora de su muerte, se retiraba a su madriguera y moría allí. A veces el cadáver era retirado del agujero y arrojado a la arena, o simplemente dejaban que se pudriera donde estaba.
La frase «arrojado a la arena» me llamó poderosamente la atención y le pregunté a Gunga Dass si con este tipo de práctica no corrían el peligro de engendrar una epidemia de peste.
—Eso —dijo, con una de sus risitas sofocadas— lo comprobarás por ti mismo muy pronto. Tendrás tiempo de sobra para hacer toda clase de observaciones.
Al oír esto, para su gran placer, me estremecí de terror una vez más y continué apresuradamente la conversacion:
—¿Y cómo vivís aquí día a día? ¿Qué hacéis?
Esta pregunta recibió la misma respuesta que antes, acompañada con la información de que «este lugar es como vuestro paraíso europeo; no hay nadie a quien casar, ni nadie a quien dar en matrimonio».
Gunga Dass se había educado en una escuela de misiones y, como él mismo admitía, si hubiera cambiado de religión «como un hombre sabio», tal vez se habría librado de esa tumba que era ahora su destino. Pero, durante el tiempo que estuve con él, me dio la impresión de que era feliz.
Aquí tenía a un Sahib, un representante de la raza conquistadora, indefenso como un niño y totalmente a merced de sus vecinos indígenas. De manera deliberada y fría se recreaba en torturarme, como un escolar que consagra media hora de placer a contemplar el sufrimiento de un escarabajo empalado, o como el hurón que desgarra tranquilamente el cuello de un conejo en una madriguera cegada. El tema principal de su conversación era que no había escape, «de ninguna clase», y que yo permanecería allí hasta que muriese y mi cadáver fuera «arrojado a la arena». Si fuera posible imaginar la conversación de los Condenados ante la llegada de una nueva alma a su morada, yo diría que hablarían como Gunga Dass habló conmigo en el transcurso de aquel atardecer
interminable. Yo me sentía incapaz de protestar o responder; toda mi energía estaba concentrada en dominar el inexplicable terror que amenazaba con poseerme una y otra vez. No puedo comparar ese sentimiento con nada, tal vez con el pasajero que lucha contra la abrumadora sensación de náusea que le acomete al cruzar el Canal, sólo que mi sufrimiento estaba en el espíritu y era infinitamente más terrible.
A medida que pasaba el día, los habitantes empezaron a salir de sus madrigueras para disfrutar de los rayos de sol de la tarde, que ahora declinaban por la boca del cráter. Se reunieron en pequeños corrillos, y hablaron entre ellos sin dirigir siquiera una mirada en mi dirección. Hacia las cuatro, según mis cálculos, Gunga Dass se levantó y se sumergió en su madriguera durante unos instantes; emergió con una corneja viva en las manos. El desdichado pájaro se encontraba en un estado de lo más sucio y deplorable, pero no parecía asustarse de su amo. Gunga Dass avanzó con precaución hacia la orilla del río, dando saltos de montículo en montículo de hierba hasta llegar a una pequeña llanura de arena, justo en la línea de fuego del bote. La tripulación no prestó atención.
Gunga Dass se paró allí y, con un par de hábiles giros de muñeca, colocó al pájaro de espaldas, con las alas extendidas. Como es natural, la corneja empezó a chillar inmediatamente y a batir el aire con sus garras. En pocos segundos los gritos atrajeron la atención de una bandada de cornejas silvestres que estaban posadas en un banco de arena situado a unos cientos de yardas de allí, donde se dedicaban a discutir encima de algo que tenía aspecto de cadáver. Media docena de cornejas remontaron el vuelo enseguida para ver qué estaba pasando y, de paso, como quedó demostrado, para atacar al pájaro indefenso. Gunga Dass, que se había escondido en un montículo de hierba, me indicó que me estuviera quieto, aunque creo que era una precaución innecesaria. En un instante, antes de que pudiera ver lo que había sucedido, una corneja salvaje, que se había abalanzado contra el pájaro chillón e indefenso, quedó atrapada en las garras de este último. Gunga Dass se apresuró a desatarla y la ató de espaldas junto a su compañero de infortunio. Al parecer, la curiosidad se apoderó del resto de la bandada y casi antes de que Gunga Dass y yo tuviéramos tiempo de replegarnos en el montículo de hierba, dos nuevos cautivos estaban ya luchando con las garras de los señuelos. De esta forma prosiguió la caza —si se puede emplear un término tan digno—, hasta que Gunga Dass hubo capturado siete cornejas.
Estranguló en el acto a cinco de ellas y reservó dos para repetir la operación otro día. Yo estaba realmente impresionado por este método, nuevo para mí, de procurarse alimento y felicité a Gunga Dass por su habilidad.
—No es nada —dijo—. Mañana lo harás tú por mí. Eres más fuerte que yo.
Su tranquilo aire de superioridad me molestó bastante y respondí en tono autoritario:
—¿Ah, sí? ¿Conque esas tenemos, viejo rufián? ¿Para qué crees que te he dado el dinero?
—Muy bien —respondió sin inmutarse—. Puede que no sea mañana, ni pasado mañana, ni en los próximos días; pero al final, y durante muchos años, cazarás cornejas y comerás cornejas, y agradecerás a tu Dios europeo que existan cornejas que cazar y comer.
Le hubiera estrangulado de buena gana por sus palabras, pero pensé que en tales circunstancias lo mejor sería reprimir mi resentimiento. Una hora más tarde estaba comiendo una de las cornejas y, como Gunga Dass había dicho, agradecí a mi Dios por tener una corneja que llevarme a la boca. Nunca, por mucho que viva, olvidaré aquella comida nocturna. Los habitantes estaban sentados en cuclillas sobre la dura plataforma de arena, delante de sus guaridas, apretados en torno a sus diminutas hogueras, alimentadas con detritus y juncos secos. La muerte, que había posado una vez su mano sobre estos hombres y renunciado a golpearles, ahora parecía mantenerse apartada de ellos; porque la mayor parte de nuestra compañía estaba formada por hombres viejos, encorvados, decrépitos y retorcidos por los años, y mujeres tan envejecidas que se asemejaban a las mismísimas Parcas. Estaban sentados en pequeños grupos y charlaban —sólo Dios sabe cuál sería el tema de discusión— en tono bajo y monótono, en curioso
contraste con el parloteo estridente que suelen emplear los indígenas para amargarte el día. De cuando en cuando, un ataque de furia repentina, como el que me había poseído a mí por la mañana, hacía presa en un hombre o una mujer; la víctima se lanzaba contra la pendiente profiriendo alaridos e imprecaciones hasta que, desesperado y cubierto de sangre, caía de nuevo a la plataforma, incapaz de mover un solo miembro. Cuando esto sucedía, los demás ni siquiera levantaban la vista, pues todos eran perfectamente conscientes de la futilidad de los intentos de sus compañeros y les aburría su monótona repetición.
En el curso de aquella tarde presencié cuatro de estas explosiones de locura. Gunga Dass consideraba mi situación desde un punto de vista eminentemente práctico, y mientras cenábamos —ahora puedo permitirme el lujo de reírme al recordar la escena, aunque en aquel momento fue bastante desagradable— me propuso las condiciones bajo las cuales se avendría a «hacer» algo por mí. Mis nueve rupias y ocho annas —arguyó—, a razón de tres annas por día, me proporcionarían comida durante cincuenta y un días o, lo que es lo mismo, durante siete semanas. Es decir, él estaba dispuesto a abastecerme durante ese periodo de tiempo. A su término, tendría que ocuparme yo mismo de ella. En caso de una retribución complementaria —videlicet, mis botas— estaría dispuesto a permitirme ocupar la madriguera contigua a la suya y me suministraría tanta hierba seca para mi cama como pudiera conseguir.
—Muy bien, Gunga Dass —repliqué—, acepto de buen grado la primera condición, pero, como no hay nada en la tierra que me impida asesinarte ahora que estás aquí sentado y quedarme con todas tus posesiones (en ese momento pensaba en sus dos inestimables cornejas), rehúso terminantemente entregarte mis botas y ocuparé la madriguera que me plazca.
Mi golpe había sido audaz y me alegré cuando comprobé que había dado resultado. Gunga Dass cambió de inmediato de tono y negó tener la menor intención de despojarme de mis botas. En aquel momento no me pareció extraño que yo, un ingeniero civil, un hombre con trece años de servicio, un buen inglés —espero— estuviera amenazando tranquilamente con dar muerte o con emplear la violencia a un hombre que me había tomado bajo su protección, si bien por una remuneración, es cierto. Me parecía que había abandonado el mundo exterior hacía siglos. Estaba convencido, como lo estoy ahora de mi propia existencia, de que en aquella maldita tumba no regía otra ley que la del más fuerte; que aquellos muertos vivientes habían abandonado todas las reglas imperantes en el mundo que les había arrojado de su seno, y que mi vida dependía exclusivamente de mi propia fuerza y vigilancia. Los componentes de la tripulación del Mignonette son los únicos hombres que podrían comprender mi estado de ánimo. «En este momento —razonaba yo— soy fuerte y podría enfrentarme a seis de estos desdichados. Es imperativamente necesario, por mi propio bien, conservar la salud hasta que llegue la hora de mi liberación, si es que llega algún día.»
Estimulado por estas resoluciones, comí y bebí cuanto pude, y le di a entender a Gunga Dass que tenía la intención de ser su amo y que al menor signo de insubordinación por su parte recibiría el único castigo que estaba en mi poder infligirle: una muerte súbita y violenta. Poco después de decirle esto me fui a la cama. Es decir, que Gunga Dass me dio dos brazadas de juncos secos que introduje por la boca de la madriguera situada a la derecha de la suya. Después entré yo, con los pies por delante. El agujero penetraba unos nueve pies en la arena, con una ligera inclinación hacia abajo, y estaba hábilmente apuntalado con tablas de madera. Desde mi madriguera, que estaba situada frente a la orilla del río, me era posible observar cómo fluían las aguas del Sutlej bajo la luz de la luna llena, mientras me preparaba para dormir lo más cómodo posible.
Jamás olvidaré los horrores que me deparó aquella noche. La madriguera era tan angosta como un ataúd, y las paredes estaban desgastadas y grasientas a consecuencia del contacto de numerosos cuerpos desnudos, a lo que se añadía un hedor abominable. Mi estado de ánimo excluía toda posibilidad de dormir. A medida que transcurría la noche, daba la impresión de que el anfiteatro entero se llenaba de demonios impuros que avanzaban en tropel por los bajíos del río y se burlaban de los desgraciados que dormían en las madrigueras.
Por lo que a mí se refiere, no tengo un temperamento imaginativo —muy pocos ingleses lo tienen—, pero en aquella ocasión estaba completamente postrado por un terror nervioso, como una mujer. Al cabo de media hora o así, sin embargo, fui capaz una vez más de revisar con calma mis posibilidades de escapar. Una fuga por las empinadas paredes de arena era, con total seguridad, impracticable. Las experiencias anteriores me habían convencido contundentemente de ello. Era posible —sólo posible— que a favor de la incierta luz de la luna, pudiera sortear con éxito las balas de los rifles. Aquel lugar me aterrorizaba tanto que estaba dispuesto a correr cualquier riesgo, con tal de abandonarlo. Por tanto, imaginad mi alegría cuando, después de arrastrarme furtivamente hasta la orilla, descubrí que el bote infernal no estaba allí. ¡La libertad se abría ante mí, a unos cuantos pasos!
Si ganaba el primer remanso de agua poco profunda que se formaba al pie del extremo izquierdo de la herradura, podría vadear el flanco del cráter e internarme en tierra firme. Sin vacilar un momento avancé a buen paso hasta los montículos de hierba donde Gunga Dass había capturado las cornejas y continué en dirección a las arenas lisas y blancas que se extendían más allá. El primer paso desde los montículos de hierba seca me reveló cuán vanas eran mis esperanzas de evasión; porque, en cuanto posé el pie en el suelo, sentí un indescriptible movimiento de atracción y succión en la arena. En un instante mi pierna fue engullida hasta la rodilla. A la luz de la luna, toda aquella extensión de arena parecía agitarse con diabólico placer ante mi angustia. Forcejeando frenéticamente, sudando de terror y de fatiga, conseguí regresar a los montículos de hierba y me dejé caer de bruces.
¡Mi única vía de escape del cráter estaba protegida por arenas movedizas! No tengo la menor idea del tiempo que pasé echado en aquel lugar, pero al final fui despertado por la risita perversa de Gunga Dass en mi oreja.
—Os aconsejo, Protector de los Pobres (el bandido hablaba en inglés), que vuelvas a tu hogar. Es peligroso dormir aquí abajo. Por otra parte, cuando regrese el bote, puedes tener la certeza de que te dispararán.
Estaba de pie, a mi lado, corleando y riéndose para sus adentros a la tenue luz del amanecer. Me levanté con un humor del perros, reprimiendo mi primer impulso de agarrarle por el cuello y lanzarle a la arena movediza, y le seguí hasta la plataforma de las madrigueras.
De repente —era una pregunta ociosa, pues en cuanto la formulé caí en la cuenta— le pregunté:
—Gunga Dass, si no hay ninguna forma de escapar, ¿para qué está el bote?
Recuerdo que, incluso en los momentos de más profunda desesperación, había especulado vagamente sobre el sentido que tenía desperdiciar munición para proteger una orilla que estaba ya perfectamente protegida.
Gunga Dass se rió de nuevo y respondió:
—Sólo la mantienen durante el día. La razón se debe a que hay una vía de escape. Espero que gocemos del placer de tu compañía durante mucho tiempo.
Este lugar es muy agradable cuando llevas algunos años y has comido suficientes cornejas asadas.
Caminé tambaleándome, entumecido e impotente, hacia el fétido agujero que me había tocado y caí dormido. Una hora más tarde, aproximadamente, me despertó un grito cortante, el grito agudo y estridente de un caballo que sufre. Los que han oído alguna vez ese sonido no lo olvidarán jamás. Salí a gatas del agujero. Cuando emergí al exterior, vi a Pornic, mi pobre Pornic, muerto sobre la arena. No puedo imaginar cómo se las arreglaron para matarle. Gunga Dass explicó que la carne de caballo era mejor que la de corneja, y que «el bienestar de la mayoría» es una máxima política. «Ahora somos una república, Mister Jukes, y tenemos derecho a una parte equitativa del animal. Si lo deseas, procederemos a un voto de agradecimiento. ¿Quieres que lo proponga?»
Sí... ¡Formábamos una República, evidentemente! Una república de bestias salvajes, prisioneras en el fondo del foso, para comer, luchar y dormir hasta que llegara la muerte. Intenté no protestar, pero me senté y contemplé el abominable espectáculo que se desarrollaba ante mis ojos. Casi en menos tiempo del que empleo en escribir este relato, el cuerpo de Pornic fue dividido de forma ignominiosa; los hombres y las mujeres se llevaron sus pedazos a la plataforma y se pusieron a preparar el almuerzo de la mañana. Gunga Dass me cocinó el mío.
De nuevo se apoderó de mí el irresistible impulso de lanzarme a escalar las paredes de arena hasta el límite de mis fuerzas, y tuve que luchar contra ello con toda mi voluntad. Gunga Dass se mostraba ofensivamente humorístico, y me vi obligado a decirle que si me dirigía algún otro comentario, del tipo que fuera, le estrangularía allí mismo, donde estaba sentado. Esto le hizo callar, hasta que el silencio se hizo insoportable y le ordené que dijera alguna cosa.
—Vivirás aquí hasta que te mueras, como el otro Feringhi —dijo con frialdad, observándome por encima del pedazo de cartílago que estaba royendo.
—¿Qué otro Sahib, cerdo? Dímelo inmediatamente y no se te ocurra contarme otra mentira.
—Está allí —respondió Gunga Dass, señalando la boca de una madriguera situada a unas cuatro puertas de la mía—. Puedes verle con tus propios ojos. Murió en su agujero, como moriremos tú y yo, como morirán todos estos hombres y mujeres y el único niño.
—Por amor de Dios, dime todo lo que sepas de él... ¿Quién era? ¿Cuándo llegó..., y cuando murió?
Esta súplica fue una muestra de debilidad por mi parte. Gunga Dass se limitó a sonreír maliciosamente y replicó:
—No diré nada, a no ser que me des algo a cambio.
Entonces recordé dónde estaba y golpeé al hombre entre los ojos, dejándole parcialmente aturdido. Bajó enseguida de la plataforma y, arrastrándose servilmente, gimiendo y tratando de abrazarse a mis pies, me condujo hasta el agujero que me había señalado.
—No sé nada sobre el caballero. Tu Dios es testigo de que no lo sé. Estaba tan ansioso por escapar como tú, y fue abatido desde el barco, aunque todos nosotros hicimos cuanto pudimos para evitar que lo intentara. El disparo le dio aquí —Gunga Dass se llevó la mano al vientre y se inclinó hacia el suelo.
—Bien, ¿qué pasó después? Prosigue.
—Después... después, Señoría, le llevamos a su casa, le dimos agua y le pusimos trapos limpios en la herida, y él se tumbó en su madriguera y entregó el alma.
—¿Cuánto tardó? ¿Cuánto tardó?
—Alrededor de media hora... media hora después de recibir el disparo. Pongo a Vishnú como testigo —aulló el miserable— de que hice cuanto pude por él. ¡Hice todo lo posible por salvarle!
Se tiró al suelo y se abrazó a mis tobillos. Pero yo tenía mis dudas sobre la benevolencia de Gunga Dass y lo aparté a patadas de mi lado, a pesar de sus vehementes protestas.
—Estoy seguro de que le robaste todo lo que tenía. Pero puedo averiguarlo en un minuto o dos. ¿Cuánto tiempo estuvo el Sahib aquí?
—Cerca de un año y medio. Creo que se volvió loco. Pero escucha mi juramento, ¡oh, Protector de los Pobres! ¿No me oye su Señoría jurar que nunca toqué un solo objeto que le perteneciera? ¿Qué va a hacer su Señoría?
Yo había cogido a Gunga Dass por la cintura y le había llevado a rastras hasta la plataforma, frente a la madriguera vacía. Mientras hacía esto, pensaba en el indescriptible sufrimiento de mi compañero de cautiverio, víctima de todos estos horrores durante dieciocho meses, y en su agonía final, al morir como una rata en su agujero, con una bala en el estómago. Gunga Dass creía que yo estaba decidido a matarle y aullaba de forma rastrera. El resto de los habitantes, pletóricos después de una buena ración de carne, nos observaba sin inmutarse.
—Métete dentro, Gunga Dass —dije—, y sácalo.
Ahora me sentía enfermo y próximo a desmayarme de horror. Gunga Dass estuvo a punto de caerse de la plataforma y aulló con más fuerza.
—Pero yo soy un brahmín, Sahib... un brahmín de alta casta. ¡Por su alma, por el alma de su padre, no me obligue a hacer una cosa así!
—¡Brahmín o no brahmín, por mi alma y el alma de mi padre, entra ahí! —dije y, agarrándole por los hombros, le metí la cabeza en la boca del agujero y empujé a patadas el resto de su cuerpo; después me senté y me cubrí el rostro con las manos.
Al cabo de unos minutos escuché un crujido y un chillido; después, escuché a Gunga Dass que gemía y murmuraba para sí mismo; después, un ruido sordo...y entonces descubrí mis ojos.
La arena seca había convertido el cuerpo confiado a su custodia en una momia de color amarillo oscuro. Le dije a Gunga Dass que se apartara mientras yo lo examinaba. El cuerpo —vestido con una guerrera de color verde oliva, muy sucia y desgastada, con refuerzos de cuero en los hombros— correspondía a un hombre entre treinta y cuarenta años, por encima de la estatura media, con el pelo rubio claro, bigote largo y barba áspera y descuidada. Le faltaba el colmillo izquierdo de la mandíbula superior y una parte del lóbulo de la oreja derecha había desaparecido. En el dedo anular de la mano izquierda tenía un anillo: un hematites en forma de escudo engastado en oro, con un monograma que podría haber sido «B.K.» o «B.L.» En el dedo corazón de la mano derecha llevaba un anillo de plata en forma de cobra enroscada, muy gastado y deslustrado. Gunga Dass depositó a mis pies un puñado de objetos menudos que había sacado de la madriguera y, cubriendo el rostro del cadáver con mi pañuelo, me volví para examinarlos. Doy la lista completa con la esperanza de que sirva a la identificación del pobre desgraciado:
No crean que hice inventario de todas estas cosas en aquel lugar con tanto detalle como lo he hecho aquí. El cuaderno fue lo que atrajo más mi atención, así que me lo guardé en el bolsillo con la intención de estudiarlo más tarde. Me llevé el resto de los objetos a mi madriguera, como medida de seguridad, y allí, pues soy un hombre metódico, hice el inventario. Después volví al lugar donde yacía el cadáver y ordené a Gunga Dass que me ayudara a llevarlo a la orilla del río.
Mientras nos ocupábamos del transporte, el casquillo vacío de un viejo cartucho de color marrón cayó de uno de los bolsillos del cadáver y rodó hasta mis pies. Gunga Dass no lo había visto; y a mí se me ocurrió pensar que un hombre, cuando va de caza, no suele llevar casquillos de cartuchos usados, especialmente de los «marrones», que no se pueden recargar. En otras palabras, aquel cartucho vacío había sido disparado en el interior del cráter. Por consiguiente, tenía que haber un fusil en alguna parte. Estaba a punto de preguntarle a Gunga Dass, pero me detuve a tiempo, pues estaba convencido de que mentiría. Acostamos el cadáver en el borde de las arenas movedizas, en la zona de los montículos de hierba. Mi intención era empujarlo y dejar que fuera succionado, la única manera posible de enterrarlo que se me ocurrió. Ordené a Gunga Dass que se retirara.
Entonces, con sumo cuidado, deposité el cadáver en las arenas movedizas. Mientras procedía a ello —yacía de cara al suelo—, desgarré la frágil y raída guerrera de color verde oliva, que dejó al descubierto un boquete horrible en la espalda. Ya les he contado que la arena seca había, por así decirlo, momificado el cuerpo. Con una sola mirada comprendí que el boquete había sido causado por un escopetazo; el arma debía de haber sido disparada con el cañón casi tocando la espalda. La guerrera, que estaba intacta, había sido puesta al cuerpo después de la muerte, que tenía que haber sido instantánea. El secreto de la muerte de aquel pobre infeliz se aclaró de golpe ante mis ojos. Alguno de los habitantes del cráter, presumiblemente Gunga Dass, debía de haberle disparado con su propio fusil... el mismo fusil que se cargaba con cartuchos marrones. Jamás intentó escapar enfrentándose a la línea de fuego del bote.
Empujé el cadáver con rapidez y lo vi desaparecer literalmente en unos pocos segundos. Mientras observaba el espectáculo, sentí un escalofrío. En un estado de aturdimiento semiconsciente, me puse a leer con atención el cuaderno de notas. Un pedazo de papel manchado y descolorido, que había sido introducido entre el lomo y las tapas, cayó cuando pasé las páginas. Esto es lo que había escrito:
Cuatro a partir del montículo de las cornejas; tres a la izquierda; nueve de frente; dos a la derecha; tres hacia atrás; dos a la izquierda; catorce de frente; dos a la izquierda; siete de frente; uno a la izquierda; nueve hacia atrás; dos a la derecha; seis hacia atrás; cuatro a la derecha; siete hacia atrás.
El papel estaba quemado y chamuscado en los bordes. No alcanzaba a comprender su significado. Me senté sobre la hierba seca y me puse a dar vueltas y vueltas al papelillo entre mis dedos, hasta que me di cuenta de que Gunga Dass estaba de pie, a mis espaldas, mirándome con ojos brillantes y con las manos extendidas.
—¿Así que lo has encontrado? —jadeó—. ¿Me lo dejas ver a mí también? Te juro que te lo devolveré.
—¿Encontrado qué? ¿Devolver qué? —pregunté.
—Eso que tienes entre las manos. Nos será útil a los dos.
Estiró sus largos dedos, que parecían garras de pájaro, temblando de ansiedad.
—Yo no pude encontrarlo jamás —continuó—. Lo había escondido en su propia persona. Por eso lo maté, pero, a pesar de ello, me fue imposible encontrarlo.
Gunga Dass se había olvidado de la patraña sobre la bala disparada desde el barco. Recibí la información con absoluta calma. La moral se embota al contacto con los Muertos Vivientes.
—¿Qué demonios estás diciendo? ¿Qué quieres que te dé?
—El trozo de papel que había en el cuaderno. Nos será útil a los dos. ¡Oh! ¡Qué estúpido eres! ¡Qué estúpido! ¿Es que no te das cuenta de lo que significa para nosotros? ¡Escaparemos de aquí!
Su voz degeneró en un grito agudo y se puso a bailar de emoción delante de mí. Confieso que me conmovió la idea de escapar.
—¡Deja de brincar! ¡Explícate! ¿Quieres decir que ese pedazo de papel puede ayudarnos? ¿Qué significa?
—¡Léelo en voz alta! ¡Léelo en voz alta! ¡Te ruego, te suplico que lo leas en voz alta!
Así lo hice. Gunga Dass escuchó entusiasmado y trazó con los dedos una línea irregular en la arena.
—¡Ahora lo comprendo! Es la longitud de los cañones de su escopeta, sin la culata. Yo tengo los cañones. Cuatro cañones a partir del lugar donde cacé las cornejas. De frente, ¿me sigues? Luego tres a la izquierda... ¡Ah! Recuerdo perfectamente cómo buscaba la ruta, noche tras noche. Luego nueve de frente, y así sucesivamente. De frente quiere decir en línea recta hacia el norte, a través de las arenas movedizas. Me lo dijo antes de que le matara.
—Pero si sabías todo esto, ¿por qué no escapaste antes?
—No lo sabía. Hace un año y medio me dijo que estaba intentando resolverlo, y que trabajaba en ello noche tras noche, en cuanto el barco se iba y resultaba factible aproximarse sin peligro a las arenas movedizas. Después me dijo que nos escaparíamos juntos. Pero yo tenía miedo de que me dejara abandonado una noche, cuando descubriera la ruta, y por eso lo maté. Además, no es conveniente que los hombres que han venido aquí una vez, consigan escapar. Sólo yo, pues yo soy un Brahmín.
La perspectiva de evasión había devuelto a Gunga Dass el orgullo de su casta. Se levantó y deambuló de un lado a otro, gesticulando violentamente. Al final conseguí que hablara con sensatez y me contó cómo aquel inglés había pasado seis meses explorando noche tras noche, pulgada a pulgada la ruta que atravesaba las arenas movedizas; cómo le había confesado que se trataba de la cosa más sencilla del mundo, pues consistía en avanzar unas veinte yardas desde la orilla del río después de contornear el flanco izquierdo de la herradura. Le faltaba por completar este último trecho, evidentemente, cuando Gunga Dass lo mató con su escopeta.
En el frenesí de mi alegría ante la posibilidad de evasión, recuerdo que estreché efusivamente las manos de Gunga Dass, después de haber decidido que intentaríamos la fuga esa misma noche. Aquella tarde de espera se nos hizo interminable.
A eso de las diez, según mis cálculos, cuando la luna despuntó por el borde del cráter, Gunga Dass se dirigió a su madriguera para traer los cañones de la escopeta, a fin de medir nuestra ruta. Los miserables habitantes del cráter se habían retirado a sus agujeros hacía ya rato. El bote centinela había descendido río abajo hacía horas, de modo que estábamos completamente solos en el montículo de las cornejas. Gunga Dass, que llevaba los cañones de la escopeta, dejó caer el trozo de papel que iba a ser nuestra guía. Yo me paré enseguida para recogerlo y, mientras me inclinaba, me di cuenta de que el diabólico brahmín estaba a punto de asestarme un duro golpe con los cañones en la nuca. Ni siquiera me dio tiempo a girarme. Debí de recibir el golpe en el cogote. Un millar de brillantes estrellas danzaron ante mis ojos y caí sin sentido al borde de las arenas movedizas.
Cuando recobré el conocimiento, la luna declinaba y sentía un dolor insoportable en la parte posterior de la cabeza. Gunga Dass había desaparecido y mi boca estaba llena de sangre. Me tumbé otra vez en el suelo y supliqué al cielo que me enviara a la muerte sin más tardanza. Después volvió a apoderarse de mí la furia insensata que ya he mencionado y me dirigí tambaleándome hacia las paredes del cráter. Entonces me pareció que alguien me llamaba en susurros: «¡Sahib, Sahib, Sahib!», exactamente como solía llamarme mi porteador por las mañanas. Creí que era víctima del delirio, pero en ese momento, un puñado de arena cayó a mis pies. Alcé los ojos y vi una cabeza asomada por el borde del anfiteatro, la cabeza de Dunnoo, el muchacho que cuidaba de mis perros. Tan pronto como atrajo mi atención, alargó la mano y me enseñó una cuerda. Le hice una señal, tambaleándome aún de un lado a otro, para que me tirara la cuerda.
Se trataba de un par de correas de punkah atadas, de cuero, con un lazo en el extremo. Me pasé el lazo por la cabeza y lo fijé bajo los brazos; oí con claridad los esfuerzos de Dunnoo, que tiraba hacia arriba, consciente de que me subían, con la cara contra la pared, a lo largo de la empinada vertiente de arena. Poco después me encontré medio asfixiado e inconsciente, sobre las dunas que dominaban el cráter. Dunnoo, con el rostro ceniciento a la luz de la luna, me suplicaba que no permaneciéramos allí por más tiempo y que regresara a mi tienda inmediatamente.
Al parecer, había seguido las huellas de Pornic a través de las arenas durante catorce millas, hasta llegar al cráter; regresó y se lo contó a mis sirvientes, que rechazaron de plano mezclarse con nadie, blanco o negro, que hubiera caído en la horrible Aldea de los Muertos. Después Dunnoo cogió uno de mis caballos y un par de correas de punkah, regresó al cráter y me sacó de allí como he descrito.
Para terminar esta larga historia, sólo me resta decir que Dunnoo es ahora mi sirviente personal con un sueldo mensual de un mohur8 de oro —una suma que considero demasiado pequeña teniendo en cuenta los servicios que me ha prestado. Nada en la tierra me inducirá a aproximarme otra vez a aquel inmundo lugar, o a revelar su emplazamiento con mayor detalle de lo que lo he hecho. No he encontrado jamás la pista de Gunga Dass, ni lo deseo. El único motivo que me impulsa a publicar este relato, es la esperanza de que le sea posible a alguien identificar, a partir de los detalles y el inventario de objetos que he dado, el cadáver del hombre de la guerrera de color verde oliva.

Rudyard Kipling (1865-1936)


Más relatos de Rudyard Kipling. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El resumen del cuento de Rudyard Kipling: La extraña cabalgata de Morrowbie Jukes (The Strange Ride of Morrowbie Jukes) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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