La ingeniosa estafa de la Casita del Horror


La ingeniosa estafa de la Casita del Horror.




Soy de esa clase de individuo que cede con notable facilidad ante cualquier ardid publicitario. Y me gusta el horror, lo cual me hace extremadamente vulnerable.

Al principio me conformaba con coleccionar a los clásicos del género; ya sabe, Poe, Lovecraft, Blackwood, tipos así. Después pasé a las primeras ediciones, las rarezas bibliográficas, etc; pero la pasión por lo siniestro, lo verdaderamente macabro, rara vez se satisface con la ficción. Fue así que comencé a comprar objetos que otras personas considerarían malditos.

Me refiero a cuchillos, armas de fuego, motosierras, martillos, picahielos, y un sinfín de herramientas y artefactos que hayan servido para asesinar a alguien. Esto me trajo cierto alivio, al menos por un tiempo; pero la frecuentación con lo profano rápidamente se convierte en hábito.

Después de todo, ¿cuál es el valor de un martillo, de una faca, de un matagatos, en comparación con la mano homicida que lo blandió?

Mi afinidad por lo tétrico se convirtió en obsesión, de modo tal que, decepcionado con la ficción, y sobre todo con los siniestros souvenirs que coleccionaba con un fervor maníaco, casi anal, comencé a investigar aquellos sitios en donde se produjeron crímenes particularmente sanguinarios.

Nuevamente, mi vulnerabilidad ante lo publicitario me llevó a contratar los más absurdos recorridos turísticos por los hogares de los más infames asesinos de la ciudad. Lamentablemente, otra vez fui víctima de promesas incumplidas, o quizá de expectativas desmesuradas de mi parte; es difícil trazar una clara diferencia entre ambas.

Entonces, casi por casualidad, encontré un aviso publicitario en el periódico:


La Casita del Horror.
¡Entrada gratuita!


La simple lectura del aviso me indignó: ¿cómo esta gente podía creer que alguien, incluso alguien tan perturbado como yo, podría sentirse tentado por un sitio llamado La Casita del Horror? De cualquier modo, mi indignación inicial no fue suficiente para adormecer mi enorme vulnerabilidad publicitaria.

El tour empezó en la Casa del Dentista Asesino, que es una absoluta bazofia; lo mismo que la Casa del Masajista, del Carnicero, del Matarife, del Ferretero, del Afilador. Desde luego, allí ocurrieron hechos ominosos, asesinatos injustificables a la luz de la razón, pero ninguno, al menos en lo que a mí respecta, ha quedado impreso en la arquitectura del lugar.

La última parada del tour fue en la Casita del Horror; un sitio despreciable, prosaico, en el que ni siquiera un niño impresionable hubiese podido asustarse. De hecho, se trataba de una casa claramente nueva, con muebles relucientes, pisos extremadamente limpios, muros interiores de un blanco inmaculado, y un aroma a jazmines que flotaba en cada habitación.

Indignadísimo, me dirigí a la encargada del recorrido —una muchacha muy agradable, bonita, vestida con un impecable vestido azul—, y le pregunté en términos más bien enérgicos quién mierda había asesinado ahí, justo antes de que empezaran los gritos.




Egosofía: filosofía del Yo. I Filosofía del profesor Lugano.


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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Espectacular historia!!!

warlord dijo...

Estuvo bueno



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