El WhatsApp de Pávlov


El WhatsApp de Pávlov.




—Iván Pávlov —dijo el profesor Lugano—. Todos los sistemas de comunicación se basan sobre su principio de condicionamiento clásico. Y eso, anótelo, nos llevará a la ruina.

—¿A qué se refiere específicamente, profesor?

—Hagamos un poco de historia: Pávlov notó que su perro, antes de llenarle su plato con carne cruda, salivaba. ¿Y cómo no habría de salivar?, si el propio Pávlov era un tipo rutinario, anal, digamos, que día tras día, invariablemente a la misma hora, lo alimentaba.

»Acto seguido, el científico empezó a hacer sonar una campana justo antes de darle de comer. Pasaron las semanas, y el perro inevitablemente asoció el sonido de la campana con la comida; de manera tal que, al escucharla, salivaba. Con el tiempo ni siquiera fue necesario servirle la comida. El sonido de la campana bastaba para hacerlo salivar. Esto se conoce como condicionamiento clásico.

—Entiendo. Y esto, de algún modo, usted lo relaciona con la tecnología.

—Desde luego. El experimento de Pávlov no concluyó con la producción controlada de saliva en animales domésticos —dijo el profesor—. De hecho, ésa fue la primera fase de un proceso a largo plazo, cuyo fin es el exterminio de la humanidad.

—Interesante, y novedoso, por cierto.

—En absoluto. Las teorías conspirativas han variado poco en los últimos siglos.

—Casi nada, diría yo. Pero sigo sin entender cómo el experimento de Pávlov podría acabar con nosotros.

—Muy simple: los principios del experimento están siendo aplicados sobre todo aquel que posea, por ejemplo, un teléfono celular.

—Me decepciona la simplicidad de sus razonamientos, profesor. Ahora va a decirme que cada vez que se activa el sonido de entrada de un mensaje de Whatsapp, Facebook, Instagram o Twitter, todos reaccionamos como el perro de Pávlov.

—¿Acaso no es así?

—Puedo admitir, estimado profesor, que los usuarios de la tecnología hemos asociado el sonido de un mensaje entrante con algo grato, o mejor dicho, algo importante, como sin dudas lo era alimentarse para el perro de Pávlov.

—Exacto. Pero hay algo más. El experimento de Pávlov consta de tres fases: estímulo, asociación y respuesta.

—Ya veo. Usted dice que el sonido del mensaje, como la campana, sería el estímulo. La comida, o la importancia que le asignamos al estar comunicados, sería la asociación. Ahora bien, la respuesta del perro me queda clara: salivación; ¿pero cuál es la nuestra, además de consultar rápidamente el contenido del mensaje? ¿Ansiedad?

—Por ahora, sí; pero la respuesta puede variar incluso ante el mismo estímulo y asociación. Lo que cambia es la respuesta —dijo el profesor.

—¿Cómo?

—Piénselo así: el perro de Pávlov aprendió que cuando sonaba la campana se le servía la comida. Con el tiempo, ni siquiera la campana haría falta. Bastaría que Pávlov la tome entre sus manos para que el animal empiece a salivar. Eventualmente, el simple despertar del científico desencadenaría la reacción. Hasta podemos pensar que, en cierto punto, la sola presencia de Pávlov sería suficiente para que el perro lo asocie con la comida.

—Entonces usted pronostica que, en determinado momento, nos comeremos nuestros teléfonos.

—No sea dramático —dijo el profesor—. Lo que digo es que, tarde o temprano, el perro habría asociado al propio Pávlov con la comida; del mismo modo que el usuario de cualquier dispositivo de comunicación asociará la gratificación no con el mensaje, sino con el dispositivo en sí mismo.

—Es decir que, llegado a este punto, lo importante será el medio, no el fin.

—En parte, porque es importante aclarar que la ansiedad que produce el uso de la tecnología es la primera fase del plan: lentamente, con cada mensaje que le llega, usted está siendo programado subliminalmente para responder de forma muy específica en el futuro.

—Entiendo, ¿pero cuál sería esa respuesta? Evidentemente no estamos siendo programados para salivar como simples perros hambrientos.

—Es difícil aventurar una respuesta. Supongo que todavía deberemos esperar unos años.

—¿Para qué?

—Para que cada niño, joven, adulto y anciano en este mundo, de una forma u otra, cuente con algún tipo de dispositivo de comunicación; ya sea externo, como un teléfono celular, o interno, como un chip intradérmico o alguna porquería similar.

—Es decir que este plan conspirativo del que habla solo pondrá en marcha su fase final cuando todos, absolutamente todos, estemos conectados.

—Con las excepciones correspondientes, claro. ¿De qué sirve conspirar contra la humanidad si también el conspirador muere en el proceso? Habrá sobrevivientes, desde luego. Y un nuevo Orden.

—Sigue usted sin aclarar cómo será nuestro fin.

—Horrible.

—¿Nos volveremos más consumistas? ¿Más aislados? ¿Más superfluos? ¿Acaso correremos salivando como verdaderos enajenados a comprar el último modelo de celular?

—Eso ya ocurre en estos momentos y no necesariamente significa el fin de la humanidad. No, mi estimado amigo; en su punto de mayor desarrollo, de mayor complejidad y sutileza, el plan revelará toda su astucia: ¿qué habría hecho el perro luego de asociar al propio Pávlov con la comida?

—¿Atacarlo?

—Precisamente: cuando llegue el momento adecuado su teléfono sonará, así como el de cada una de las personas sobre la faz de la tierra, y todas, en el mismo instante, sin saber cómo ese impulso les fue insertado mensaje a mensaje, sentirán el deseo incontenible de comer carne cruda.




Crónicas del profesor Lugano. I Egosofía: filosofía del Yo.


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4 comentarios:

jm lagos dijo...

Muy buena historia.

Jes-kun dijo...

Oh, apareció el profesor Lugano. Creí que había muerto en una de sus juergas.

Sebastián Beringheli dijo...

Por lo que tengo entendido, y a pesar de una salud muy deteriorada, al profesor Lugano todavía le quedan algunos años más. Esperemos que sean lúcidos.

Simona Nohan dijo...

Woow, sublime hipótesis.



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